El online y el offline

Hemos llegado a tal punto en el que pasamos mucho más tiempo frente a pantallas que ante otras personas y eso posee efectos totalmente perturbadores que no solemos percibir.

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¿Dónde lo pasamos mejor, online u offline?

Hoy vivimos paralelamente en dos mundos diferentes. Uno, establecido por la tecnología online, la cual nos permite transcurrir horas frente a una pantalla. Por otro lado gozamos una vida normal. La otra mitad del día consciente la pasamos en el mundo que, en oposición al mundo online, llamo offline. Según las últimas indagaciones estadísticas, en promedio, cada uno de nosotros pasa siete horas y media delante de la pantalla. Y, paradojalmente, el riesgo que se tumba allí es la afición de la mayor parte de los internautas a hacer del mundo online una zona ausente de conflictos. Cuando uno camina por la calle en Buenos Aires, en Río de Janeiro, en Venecia o en Roma, no se puede evitar toparse con la diversidad de las personas. Uno debe negociar la convivencia con esa gente de distinto color de piel, de diferentes religiones, diferentes idiomas. No se puede evitar. Pero sí se puede esquivar en Internet, ahí hay una solución mágica a nuestros problemas. Uno oprime el botón “borrar” y las sensaciones rigurosas huyen. Estamos en proceso de liquidez ayudada por el desarrollo de esta tecnología, estamos olvidando, o nunca lo hemos aprendido, el arte del diálogo.

Si nos sentimos cómodos conectados, ¿para qué nos haría falta recuperar el diálogo?

El futuro de nuestra coexistencia en la vida moderna se basa en el desarrollo del arte del diálogo. El diálogo envuelve una intención real de comprendernos mutuamente para vivir juntos en paz, aun gracias a nuestras diferencias y no a pesar de ellas. Hay que transfigurar esa coexistencia llena de problemas en cooperación, lo que se revelará en un enriquecimiento mutuo.

¿La vida online es un refugio o un consuelo a esa falta de diálogo?

Hallamos un sucesor a nuestra sociabilidad en Internet y eso hace más fácil no resolver los problemas de la diversidad. Es un modo infantil de esquivar vivir en la diversidad. Hay otra fuerza que procede en contra y es el cambio de situación en la regulación del mercado del trabajo. Los antiguos lugares de trabajo eran ámbitos que atenuaban la solidaridad entre las personas. Eran estables. Eso cambió hoy con los contratos breves y precarios. Las condiciones inestables, vacilantes y sin perspectivas de carrera no favorecen la solidaridad sino la competencia. Estos dos factores no estimulan a la gente para el diálogo.

Surgen en distintos lugares del mundo, sin embargo, procesos de autoorganización social desde abajo. Vecinos que se autogestionan para resolver problemas como la inseguridad o para recuperar la sociabilidad perdida. ¿Es una alternativa o un paliativo?

Es trascendental para la actual situación ya que todas las instituciones de acción colectiva que heredamos de nuestros ancestros, aquellos que desarrollaron las bases de la democracia moderna como el poder tripartito, el parlamento en las democracias representativas, las elecciones, la Corte Suprema, ya no funcionan adecuadamente. Todas estas instituciones poseeían una única y misma idea en mente: establecer las reglas de la soberanía territorial. Sin embargo vivimos en condiciones de globalización, lo que significa que nadie es territorialmente independiente.

¿Los gobiernos son ciegos o necios al punto de no admitir la globalización?

Plantean soluciones locales a problemas globales. No se puede pensar con esta lógica.

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